Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.
¿Qué quería para su vida? ¿Se imaginaba con hijos? ¿Qué proyectos tenía? ¿Qué cambió cuando se convirtió en madre? El Día de la Madre puede ser también una excusa para hacer esas preguntas. Porque detrás de la palabra, no hay una experiencia común. Ni siquiera entre mujeres de la misma generación.
De ahí parte esta nota. De dos abuelas que terminaron formando familias numerosas después de haber imaginado futuros muy diferentes; de una hija que llega a la misma edad que tenía su madre cuando la tuvo y descubre que sus vidas en ese momento se parecen poco; de una amiga de su generación que ya eligió ser mamá. Y de una pregunta que empezó dentro de una familia pero rápidamente se hizo más grande: si las mujeres siempre quisimos cosas distintas, ¿qué fue lo que realmente cambió?
¿Lo quería yo o era lo que tocaba?
Hay una explicación fácil para la maternidad de generaciones anteriores: las mujeres se casaban jóvenes, tenían hijos y seguían el recorrido que su época esperaba de ellas. Esa lectura empieza a quedarse corta apenas se les pregunta qué querían.
Miguel Espeche, psicólogo, advierte que la frontera entre el deseo personal y aquello que una cultura espera de nosotros nunca es completamente nítida. “No hay un distingo tan taxativo entre lo que es el propio deseo y el deseo de la cultura”, explica. Todas las sociedades ofrecen modelos sobre cómo vivir; el problema aparece cuando esos modelos dejan poco espacio para otras posibilidades.
Mis dos abuelas alcanzan para poner esa idea a prueba. Ester quería una familia grande, aunque también había estudiado física y fantaseado con continuar su formación fuera de Tucumán. Tuvo cinco hijos. Graciela, en cambio, había vuelto de Tartagal para estudiar Psicología en la UNT y a los 17 años no pensaba ni en casarse ni en ser madre. Conoció a mi abuelo, militaban juntos y hasta consideraban el matrimonio una “cuestión burguesa”. Terminaron casándose y tuvieron seis hijos.
Una quería una familia numerosa. La otra ni siquiera estaba pensando en tenerla. Vistas desde lejos podrían quedar bajo una misma categoría de “mujeres de antes”. De cerca, la categoría explica poco.
Décadas más tarde, el contraste se repite. Mi amiga Clemen recuerda que de chica jugaba con bebés y a la casita; siempre se imaginó siendo mamá. Yo recuerdo lo contrario. Los bebés de juguete no me interesaban y jugar a la familia me aburría. Hoy ella es madre y yo, con 26 años, siento que esa etapa todavía está lejos.
El Censo 2022 muestra que el 44,9% de las mujeres argentinas de entre 25 y 29 años no tenía hijos. La cifra describe un presente, pero no explica por qué cada una llegó a él. La novedad no parece estar en que hoy las mujeres quieran cosas distintas. Ester y Graciela ya las querían. Clemen y yo también. Lo que cambió fue cuánto margen existe para que esas diferencias terminen en vidas distintas.
Querer hijos no era lo mismo que elegir cómo criarlos
Hasta ahí, las historias de mis abuelas se parecían poco. Después de la llegada de los hijos, en cambio, empiezan a encontrarse. En las dos casas, el cuidado cotidiano recaía principalmente sobre ellas. Ester trabajó durante los primeros años, pero terminó dejándolo después de su tercer hijo y recuerda que mi abuelo “jamás, jamás, ni siquiera alzó un chiquito cuando eran chicos”. Graciela, mientras mi abuelo sostenía económicamente a la familia, se ocupaba de colegios, deberes, cumpleaños, amigos y traslados de seis hijos. Lo resume como “un trabajo de 24 horas”.
La generación siguiente empieza a mostrar otro escenario. Mi mamá también sintió que su hija sería prioridad, pero nunca dejó de trabajar. Necesitaba seguir creando y buscó maneras de combinar sus proyectos con la crianza. De todas formas, la comparación tiene un límite evidente: criaba a una hija, no a cinco o seis.
El reparto del cuidado, de todos modos, sigue lejos de ser igual. Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del INDEC, entre quienes realizan tareas no remuneradas —limpiar, cocinar, organizar una casa o cuidar a otros— las mujeres dedican en promedio 6 horas y 31 minutos por día; los varones, 3 horas y 40. Son casi tres horas de diferencia diarias.
Hoy todavía no es un reparto 50/50, pero tampoco es la fotografía que describen mis abuelas. Clemen cuenta con un padre presente en la rutina cotidiana de su hijo Antonio y Graciela observa hoy a sus propios hijos involucrarse con naturalidad en tareas domésticas y de crianza que en su generación recaían casi exclusivamente sobre las mujeres. La igualdad total todavía no llegó —y no sabemos si llegará— pero la distancia recorrida, sin embargo, existe.
Los proyectos que esperan
Hay una pregunta que atraviesa todas estas historias: qué ocurre con la vida que una mujer ya estaba construyendo cuando llega un hijo. Espeche lo resume de una manera simple: “No se puede hacer todo junto”. Los proyectos pueden organizarse en distintos momentos y que uno se postergue no significa que desaparezca.
Graciela es el ejemplo más claro. Psicología estaba en sus planes desde antes de conocer a mi abuelo, pero la carrera quedó interrumpida mientras criaba a seis hijos. Después del nacimiento de su hijo menor, volvió a la universidad, se recibió y comenzó a trabajar como terapeuta. Todavía ejerce. Aquello que había quedado pendiente no desapareció, esperó.
Ester volvió a estudiar arte cuando sus hijos crecieron. Mi mamá nunca dejó de trabajar, aunque adaptó su actividad a la crianza. Clemen decidió hoy poner sus proyectos en segundo plano mientras Antonio es chico y piensa retomarlos más adelante.
No todas ordenaron sus vidas de la misma manera. Espeche advierte además que ampliar los horizontes no necesariamente elimina las exigencias, a veces las superpone. A la maternidad se sumaron para muchas mujeres los estudios, el trabajo, la independencia económica y el desarrollo profesional. Tener más caminos disponibles también puede producir la sensación de que hay que llegar a todos.
Nadie empieza a ser madre de cero
La maternidad también se construye con la experiencia de haber sido hija. Espeche explica que la propia madre funciona como referencia tanto por imitación como por contradicción: repetimos aquello que sentimos que nos hizo bien e intentamos corregir lo que no.
Ester quiso compensar una ausencia que había sentido en su propia infancia y terminó siendo una madre extremadamente presente. Con los años revisó aquella forma de criar. “Por hacer diferente a mi mamá creo que hice mal muchas cosas”, reconoce. Graciela también cuestionó prácticas que en su generación estaban naturalizadas y aprendió a mirar su propia maternidad con más distancia. Mi mamá hizo su propia selección. Cuando me tuvo, ella y mi papá discutieron qué cosas querían conservar de las familias de las que venían y cuáles preferían cambiar.
Clemen dice que convertirse en madre modificó la forma en la que mira a la suya. A mí me pasó algo parecido sin haber tenido un hijo. Me alcanzó con llegar a los 26, la edad que tenía mi mamá cuando me tuvo. Por primera vez, pude hacer la cuenta no desde mi lugar de hija sino desde el suyo. Tener su edad me permitió correr por un momento la palabra “mamá” y verla como una mujer que todavía estaba construyendo su propia vida mientras empezaba a hacerse responsable de la mía.
Crecer también puede ser eso: descubrir que nuestras madres nunca fueron solamente nuestras madres. Cuando pienso hoy en mi mamá a los 26, antes que nada, la veo muy joven.
Tres madres y ninguna receta
Antes de terminar las entrevistas les hice a las tres mujeres de mi familia una pregunta parecida: qué me aconsejarían. Tantos años de maternidad acumulados produjeran alguna respuesta común, pero no ocurrió.
Mi abuela Ester, después de criar cinco hijos, me dijo que siguiera disfrutando mi vida, que era joven y que no tuviera apuro en casarme. Graciela, después de seis, habló de ser madre como “la más hermosa, la más rica y la más entrañable experiencia” de su vida, aun después de mencionar el cansancio y las dificultades. Mi mamá me dijo que los hijos no deberían implicar abandonar los sueños propios.
Después de escucharlas, sería extraño terminar proponiendo una nueva fórmula sobre cuándo tener hijos, cuánto trabajar o qué debería postergarse. Tampoco alcanza con decir que ahora todo es más libre: el cuidado sigue repartido de manera desigual, la economía condiciona las posibilidades y cada mujer atraviesa circunstancias distintas. Las opciones se ampliaron, pero los condicionamientos no desaparecieron.
Ahí vuelve la pregunta del comienzo. Mirar a nuestras madres más allá de la palabra “mamá” permite descubrir que antes de nosotros —y mientras nos criaban— también eran mujeres tratando de decidir qué hacer con sus propias vidas. Y que detrás de una palabra que solemos usar como si definiera una experiencia compartida nunca hubo una sola manera de vivirla